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RELATO GANADOR CATEGORÍA GENERAL: RESPIRA

AUTORA: ELENA FERNÁNDEZ ORTEGA

—Respira— dijo a un volumen casi inaudible, mientras apretaba la caja de bombones.

Había sido muy complicado conseguir auténtico chocolate, pero sabía que sería la última oportunidad de comerlo que tendría Marcos. Quién se hubiera imaginado que sería menos sostenible aún que la carne de vacuno, cuando los gobiernos decidieron limitar su comercio sin previo aviso.

En aquel vagón había poca gente y podía llevarlo en las manos sin miedo a que se lo robasen. No era habitual ver un transporte tan vacío, pero a fin de cuentas iba en dirección contraria a los refugiados climáticos del sur, que escapaban de la sequía yendo precisamente a la zona verde de donde Ariad venía.

Ella en cambio tenía más suerte. Tuvo dinero suficiente como para adquirir un remolque a medias con su pareja y convertirse en Newmada muchos años atrás. “Newmadas” era el término con que se conocía a los nuevos nómadas, aquellos que migraban al norte en verano y al sur en invierno, para soportar mejor los efectos de un clima cada vez más extremo.

En cualquier caso seguía siendo una ciudadana HC2, y eso no podía cambiarlo, puesto que su nivel de pobreza no le permitía pagar los impuestos necesarios para subir de categoría y gozar de una vida más cómoda. Aquella escala que debía reflejar la huella de carbono del estrato social al que pertenecías, se había convertido simplemente en una etiqueta para encubrir todo tipo de injusticias con las personas más desfavorecidas. Los HC1 seguían viajando en avión, teniendo mascotas y comprando sin restricciones, en lugar de repararlo todo, como debían hacer ellos. Ese mismo viaje, de no tener que hacerlo en tren, quizás supondría más horas de estar con Marcos… antes de lo inevitable.

Pensar ahora en eso no tenía sentido y le generaba un malestar innecesario. —Respira­— se repitió apretando de nuevo la caja de bombones mientras observaba el paisaje marrón de las zonas inundadas. Quizás si los gobiernos no hubieran puesto por delante la producción intensiva… Quizás si se hubiese limitado el enfermizo crecimiento de la población mundial, en lugar de gravar más aún la electricidad y sostener tratados medioambientales superfluos… Pero ¡qué más daba eso ahora! Su hermano se estaba apagando cada vez más rápido por culpa del EPOC que copaba la inmensa mayoría de los hospitales de las zonas desarrolladas.

En un macabro paralelismo, la población finalmente se asfixiaba al mismo tiempo que el contaminado planeta. —Respira, Marcos— dijo tragando saliva e intentando recordar la última vez que se vieron, muchos años atrás en la casa que se inundó. Su hermano era mayor que ella, y siempre había sido su modelo a seguir hasta que optó por esa forma de vida tan alejada de la suya, siguiendo los pasos de su padre en la nueva costa.

Estaba llegando. Aquellas plantas de tratamiento de residuos que atravesaban ahora, darían paso a las salinas y más tarde a la zona en la que vivía Marcos después del realojo de los damnificados de La Manga del Mar Menor. Era un sitio insoportable para vivir, pero le había dado de comer muchos años gracias al turismo y a su barcaza observatorio. Los HC1 pagaban por ver los restos sumergidos del cordón litoral como si de una Atlántida moderna se tratase. La empatía de algunas clases sociales, era tan escasa como el agua dulce.

El auricular comenzó a vibrar, mientras el monóculo inteligente mostró el aviso de “llamada entrante” sacando a Ariad de su ensimismamiento. —Aquí Ariad— contestó tras hacer un discreto gesto con su guante digital.

Durante un momento contuvo la respiración en un intento de no arrebatarle más aire a su hermano, pese a que aún no estaba a su lado. Fue inútil, y la caja de bombones recogió una lágrima brillando a la luz que se filtraba en el cristal desgastado de ese maldito tren.

Ariad pensó en lo absurdo que era no poder apearse mientras viajaba ahora hacia un destino que ya no deparaba nada para ella. Ella que no había podido viajar por placer desde hacía años. Miró por la ventana mientras sacaba un pañuelo. Todo le parecía más nublado. Pensó que ya era hora de pagar un viaje en una de aquellas barcazas para ver las ruinas sumergidas de La Manga.

—Respira, Ariad —se dijo cerrando los ojos y reposando su cabeza por primera vez en bastantes horas. —Respira—.

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