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Relato finalista ‘Premio del público’ del X concurso ‘La Ciencia y tú’

#RELATO 1: EL CLIMA CAMBIÓ EL RELATO

Era día impar, su turno, podía salir a la calle. El recorrido comenzaría en el supermercado y avanzaría pasando por la farmacia sin detenerse demasiado. Viandantes de diferentes edades y ambiciones estiraban los minutos para disfrutar de la ausencia de límites físicos tan evidentes como los de sus hogares. Lo hacían a pesar de arriesgarse a ser sancionados; pero él no. La calle no le brindaba la suficiente libertad, la percibía enemiga, hostil, peligrosa… La idea de salir al exterior le resultaba excitante únicamente cuando no era posible, pero se volvía angustiosa tras la primera pisada en el asfalto, incluso más que la que aceleraba sus latidos cuando recordaba que permanecer en casa había dejado de ser una elección. Luchando entre el hastío y la impaciencia, aunó fuerzas y comenzó el minucioso ritual de preparación: guantes, mascarilla, documentación… Detestaba ese proceso que difícilmente asumía que pasaría a ser costumbre.


Tras asegurarse de que no olvidaba nada, salió a la calle. Allí, la realidad renovada le golpeó de nuevo: aire denso, silencio opresivo, soledad desgarradora. En cada breve camino al supermercado le embargaba la sensación de que todo ser viviente que habitaba en esa ciudad había desaparecido, ni siquiera recordaba la última vez que disfrutó del paseo orgulloso de un gato callejero o del jolgorio que los pájaros formaban al atardecer. La vida había abandonado la ciudad. La única sonoridad procedía de las fútiles interacciones entre humanos que, por lo riguroso de sus limitaciones, no se las podía considerar ni sociales.


La insulsa compra habitual basada en conservas y renovación de productos de higiene dio paso a su segunda parada. Las farmacias se habían convertido en algo parecido a un lugar de culto donde mostrar respeto a profesionales y otros compradores y emitir plegarias para evitar desabastecimiento. En ellas, viandante de diferentes edades y ambiciones, compraban mascarillas y pastillas para el asma, incluido él. Nunca había padecido problemas respiratorios, pero al igual que la gran mayoría de la población, los había desarrollado en los últimos años. Una alegría melancólica le sobrevino al ver que en la farmacia estaban disponibles ambos productos, las súplicas parecían haber surtido efecto.


Ya de vuelta a casa, sin ninguna afición que estrenar, intentó descifrar la cadena de acontecimientos que habían desembocado en esa angustiosa situación. Trató de recordar el día en que todo cambió, pero no… no había opción de tachar ese día en el calendario. Fueron años, años de arrogancia, soberbia, de líderes que ignoraban las evidentes señales que se nos mandaban por doquier, de un pensar generalizado de supremacía. Fueron años de negación de lo evidente, de volvernos sordos ante los avisos que la realidad nos gritaba y ciegos ante el golpe que se avecinaba… Hasta que inexorablemente, llegó.


La contaminación continuó feroz su aumento exponencial, agravando el problema del cambio climático. Cuando el ahogo era palpable y se quiso poner freno al desastre, ya era tarde. Era un alud que corría montaña abajo. En pocos años, la inconsciente humanidad se vio diezmada por grandes desastres naturales que asolaron la tierra: sequías, inundaciones, hambrunas, muerte de ecosistemas y otras silenciosas catástrofes. Ignorar con ansia el cambio climático había cambiado el mundo para siempre, dejando a los pocos núcleos de población supervivientes atrapados en ciudades grises, medio vacías y en las que los nuevos hábitos y rutinas únicamente pretendían cubrir las necesidades básicas; el aire envenenado y las enfermedades respiratorias se multiplicaban asediando a un ya saturado sistema sanitario… Y no llegaba el antídoto.


La vida cambió de dirección, se había degradado. El mundo dijo sí, pero con condiciones. El mundo se cansó de nuestras exigencias impositivas e impacientes que sólo repetían “¡más y más!”, “¡más y ahora!”. Él ya hizo su trabajo creando las condiciones necesarias para que lo disfrutásemos y, nosotros, no hemos cumplido el propósito. Nos hemos deshecho del mundo sideral y el olor a menta fresca, de lo salvaje que puede sentirse en el calor del bosque o en lo frío de un candelizo, del dulce de las moras y la miel y de los susurros del viento. Ahora la humanidad estaba pagando cara su prepotencia, porque el mundo no puede huir de sí mismo. Ojalá aprendiésemos sin necesidad de destruir. El antídoto no llegó a tiempo y… el clima cambió el relato.

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