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RELATO GANADOR ‘PREMIO DEL PÚBLICO’: EL VIRUS

AUTORA: Mª PEÑA CID GARCÍA

—¿Lo has conseguido?

—No. Es imposible. Tenemos que pensar otra cosa.

  —Ya. Pues tenemos que pensarla deprisa. No podemos seguir aquí.

Estábamos aislados en la falda de la sierra. A diario intentábamos establecer comunicación con quien quiera que escuchase nuestra señal. Sin ningún éxito. Por suerte Maika y yo habíamos encontrado este pequeño pueblecito en nuestra huída y gracias a que sus vecinos habían sido hospitalarios, habíamos logrado sobrevivir con ellos. Nos costaba creer el punto en el que estábamos, pero como buenos aficionados a visionar programas de ciencia en la plataforma de video, seguíamos a varios científicos y eso nos había dado la oportunidad de intentar ponernos a salvo mucho antes de que comenzara el Gran Éxodo.

Todos los políticos y empresarios de hacía varios lustros habían tildado de exagerado a Keeling cuando advirtió de los efectos de las emisiones de CO2, pero por desgracia, tan solo 70 años después estábamos viviendo las terribles consecuencias. La naturaleza solo te respeta si la respetas.

Tras la escalada de superproducción industrial para alimentar el consumo irracional, los niveles de contaminación planetaria habían llegado a generar miles de muertos y enfermos por todo el mundo, que fueron convenientemente ignorados por el poder. Nada lograba frenar el ritmo destructivo, hasta que finalmente el planeta había decidido tomar cartas en el asunto.

Como había predicho el comandante en uno de los programas, primero fueron los volcanes. Más de la mitad de los volcanes de la Tierra despertaron, generando muerte y caos. Principalmente el Takahe, el Erebus y el Frake, unos volcanes antárticos de los que nadie habíamos oído hablar, entraron en erupción  y provocaron que gran parte del hielo antártico se derritiese. Eso modificó la salinidad del mar, extinguiendo miles de las especies que habían sobrevivido a la contaminación marina. También hizo que el nivel de las aguas subiera hasta inundar casi medio mundo, cambiando para siempre el mapa que conocíamos. Además las corrientes oceánicas habían cambiado generando un verdadero cataclismo climático.

Fue entonces cuando todos volvieron la mirada hacia la ciencia que habían desdeñado, pero era demasiado tarde. Millones de personas en todo el mundo iniciaron el Gran Éxodo hacia ninguna parte, puesto que el desastre afectaba a todos los rincones de la Tierra. Llegó la era de los tsunamis, los terremotos, las tormentas de nieve y los huracanes. No había donde poder esconderse de la ira del planeta. La Tierra se estaba defendiendo de todo el daño que le habíamos causado esquilmando sus recursos y destruyendo el equilibrio de sus ecosistemas para nuestro mal interpretado beneficio. Nos habíamos comportado como un virus y había llegado el momento  en el que su sistema inmunitario se había despertado en forma de desastres naturales intentado aniquilarnos para su propia supervivencia, que en consecuencia era la nuestra, quisiéramos o no.

En pocos meses los humanos más acaudalados aprendieron que el dinero no podía salvarles esta vez. Las colonias humanas habíamos quedado relegadas a pequeñas aéreas, en las que en grupos reducidos luchábamos por sobrevivir a toda costa. Maika y yo habíamos encontrado un pequeño pueblo que nos había acogido y ayudábamos a sus vecinos  con sus animales y sus cultivos para poder sobrevivir aunque había recelos, puesto que según ellos consumíamos más de lo que aportábamos en su pequeña comunidad. Aun así habíamos estado organizando salidas con algunos vecinos para conseguir suministros, pero esa labor era cada vez más difícil debido a la escasez de combustible y que los productos procesados que cogíamos de abandonados comercios y viviendas vacías se habían ido agotando.

Maika estaba dispuesta a reunir un pequeño petate con provisiones y abandonar el pueblo en busca de un futuro que tal vez no existiese. Ambos nos sentíamos intrusos allí, a pesar de que la vida parecía bastante asequible con aquel grupo.       Sin embargo necesitábamos encontrar nuestro lugar. Estábamos seguros de que el comandante y el resto de sus seguidores estaban vivos en algún rincón del planeta y necesitábamos encontrarlos para poder iniciar una nueva vida, una nueva civilización que irónicamente no sería más que un reflejo de las antiguas civilizaciones que vivían en comunión con la naturaleza, compartiendo sus recursos mientras cuidaban de ellos para lograr la armonía. Teníamos que encontrar nuestro lugar en aquel mundo devastado y estábamos dispuestos a emprender nuestro particular viaje hacia la vida.

—¿Recuerdas el último vídeo del comandante?

—Dijo que se refugiarían en el Monasterio de Piedra. Iremos allí.

Si el comandante y su gente están allí podríamos comenzar de nuevo…respetando la Tierra.

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